Propósitos de la aflicción

Luego de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables. 1 Pedro 5:10

Las aflicciones no son aleatorias, ni surgen del polvo, ni son el triunfo de Satanás. Vienen por designio divino. Los instrumentos pueden golpear, pero Dios da la comisión. Job no dijo: «El SEÑOR dio, y el diablo quitó», sino: «El SEÑOR dio, y el SEÑOR quitó» Job 1:21. Esta verdad fortalece el alma. Un sufrimiento no gobernado por Dios sería insoportable. Pero una aflicción medida por la mano de un Padre nunca es en vano. El SEÑOR convierte el veneno en medicina. De las drogas más venenosas, Dios extrae nuestra salvación. El horno no destruye el oro; lo refina .

Primero, la aflicción es una maestra. El sufrimiento instruye el corazón. En la prosperidad, el pecado a menudo parece inofensivo,como un león pintado. Pero la aflicción revela su verdadera naturaleza. Un lecho de enfermedad, un plan destrozado nos enseñan lo que realmente es el pecado: contaminante, engañoso y mortal (Romanos 7:13). Bajo el calor, la corrupción sale a la superficie. Así como el fuego extrae la suciedad del agua limpia, las pruebas exponen la impaciencia, la incredulidad y el orgullo ocultos en nuestro interior. Y en ese doloroso descubrimiento, Dios nos está haciendo bien.

La aflicción endereza un corazón dividido. En la comodidad, el alma se inclina hacia el mundo. Dios y el YO compiten. Por eso el SEÑOR quita los apoyos terrenales, para que el corazón se aferre solo a Él. Como una barra de hierro torcida se sostiene sobre el fuego para enderezarla, así Dios usa la aflicción para restaurar la sinceridad y la rectitud. Esto es misericordia, no crueldad.

La aflicción nos hace parecidos a Jesús. El Padre está comprometido a hacer a sus hijos como Su Hijo, Romanos 8:29. Y Jesús fue «varón de dolores, experimentado en quebranto » Isaías 53:3. La Cabeza, Jesús, llevará una corona de espinas, y los miembros no pueden esperar coronas de flores. Los sufrimientos de Cristo fueron expiatorios; los nuestros son correctores Hebreos 12:10. Sin embargo, a través de ellos, la semejanza de Jesús se graba más profundamente en nuestras almas.

La aflicción debilita el pecado. El pecado engendra aflicción; y la aflicción, a su vez, ayuda a matar el pecado. El fuego quema la escoria del orgullo, lo humilla y la lujuria se enfría. La codicia queda al descubierto. Dios hiere para sanar. Lo que Él quita no es nuestro tesoro, sino nuestra enfermedad.

La aflicción nos ayuda a despojarnos del mundo. Dios desentierra las raíces de nuestras comodidades, para que nuestros corazones puedan elevarse hacia el cielo. Cuando las corrientes terrenales se secan, somos conducidos a la fuente. «Todas mis fuentes están en ti», Salmo 87:7. Este destete es doloroso, pero necesario, incluso para los creyentes más antiguos.

La aflicción prepara el camino para la gloria. «Porque esta leve aflicción momentánea nos prepara una gloria eterna que sobrepasa toda comparación» 2 Corintios 4:17. Los colores oscuros se colocan primero, luego el oro. El recipiente se sazona antes de verter el vino. La vara de la corrección de Dios tiene miel en su extremo. ¡Dios corrige a sus hijos hasta el cielo! – Thomas Watson

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