¡La Oración, bálsamo para las aflicciones!

«¡No me abandones, SEÑOR! ¡Dios mío, no te alejes de mí!» Salmo 38:21

Con frecuencia oramos para que Dios no nos abandone en la hora de la prueba y la tentación, pero olvidamos que necesitamos usar esta oración en todo momento de nuestra vida,  ya sea en la luz o en la oscuridad, en la comunión o en la tentación, no podemos prescindir de la ayuda continua de lo alto. Todos necesitamos esta oración: «¡No me abandones, SEÑOR! ¡Dios mío, no te alejes de mí!». Que esta sea, pues, tu oración diaria:

¡Padre! No abandones a tu hijo indefenso, para que no caiga en manos del enemigo. ¡Pastor! No abandones a tu cordero descarriado, para que no me extravíe de la seguridad del redil. ¡Gran Labrador! No abandones a tu frágil planta, para que no me marchite y muera. No me abandones en mis alegrías, para que no absorban mi corazón. No me abandones en mis tristezas, para que no murmure contra ti. No me abandones, porque sin ti soy tan débil como el agua.

No me abandones, porque mi camino es peligroso y está lleno de trampas, y no puedo prescindir de tu guía. No te alejes de mí, oh SEÑOR, porque la angustia está cerca, y nadie más puede ayudarme. ¡No me abandones, SEÑOR! ¡Oh Dios mi Salvador, no te alejes de mí en ningún momento de mi vida! «¡Sujétame, y estaré a salvo! Sal.119:117. -C.Spurgeon

«La oración, en sentido espiritual, es un refugio para el náufrago, un ancla para los que se hunden en las olas, un báculo para los miembros que desfallecen, una mina de joyas para los pobres, sanadora de enfermedades y una guardiana de la salud. La oración asegura la continuidad de nuestras bendiciones y disipa la nube de nuestras calamidades. 

¡Oh, bendita oración! Tú eres la incansable vencedora de las aflicciones humanas, el firme fundamento de la felicidad humana, la fuente de la alegría eterna, la madre de todo consuelo. El hombre que puede orar con sinceridad, aunque desfallezca en la más extrema indigencia, es más rico que todos los demás. Mientras que aquel que jamás se arrodilló, aunque orgullosamente sentado como monarca de todas las naciones, es el más desamparado de todos los hombres». – Crisóstomo

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