
«Todo lo que toque el agua de este río vivirá» Ezequiel 47:9
Este es el río de la vida: la Sangre de Cristo derramada en la Cruz para nuestra salvación, que por el mérito de Su inefable amor llevó todos nuestros pecados y nos libró de todas las maldades (1 Pedro 2:24). Todas las bendiciones celestiales reunidas se encuentran allí. Este es el río cristalino que brota del trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22:1). Es el río que salió del Edén, cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios (Génesis 2:10; Salmos 46:4).
¡Todo lo que toque el agua de este río vivirá! «El que tiene sed, venga; y el que desea, que tome gratuitamente del agua de la vida» (Apocalipsis 22:17). Beban esta agua los que desean paz y amistad con Dios. Es Cristo, la Roca herida con la vara de Moisés en Horeb, de la cual brotaron aguas en abundancia para el pueblo sediento (Éxodo 17:5). ¡Alabado seas siempre, Salvador nuestro, autor de la vida, vencedor de la muerte y restaurador de los que están en tinieblas y sombra de muerte por el pecado! (Isaías 9:1).
El río de la vida —la preciosa Sangre de Cristo— es limpieza de todos nuestros pecados, justicia de Dios totalmente satisfecha, vida eterna para nuestras almas, redención amorosamente consumada, liberación de toda maldición, consuelo en nuestras aflicciones, medicina para nuestras heridas, antídoto contra las tentaciones, luz para el entendimiento, entrada al corazón de Cristo y llama que enciende el amor divino. Faltan palabras para describir esta obra soberana y gratuita de Cristo en la Cruz por nosotros.
¡Oh río de vida carmesí que fluyó de la Cruz para lavar los pecados del mundo! Beba yo de esta dulce fuente y sea sumergido en ella. Redentor mío, que nunca deje de amarte, adorarte y darte gracias por tan maravilloso beneficio, con el que así te ofreciste por mí en la Cruz para salvarme. Que pueda decir con Pablo: «Jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la Cruz de nuestro SEÑOR Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo» (Gálatas 6:14).
Oración final:
Señor Jesús, sumérgeme cada día en el río de Tu gracia y de Tu sangre preciosa. Que en Ti halle vida, limpieza y gozo eterno, y que mi corazón nunca deje de glorificarse únicamente en Tu cruz. Amén.