
«Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» Juan 4:23
La adoración sincera es lo más preciado a los ojos de Dios. La única adoración que Él acepta es esa joya invaluable: el amor y la devoción del corazón. No es difícil entender por qué; pues es evidente que un hombre puede observar todos los rituales externos y, aun así, no ser un adorador sincero de Dios.
Podría llevar rebaños enteros de ovejas al templo para sacrificar y, sin embargo, no sentir amor ni reverencia por el Dios Altísimo. Se ha demostrado innumerables veces que la atención más cuidadosa y celosa a los rituales externos puede coexistir con la ausencia total de una verdadera comunión con Dios y de un amor sincero por Él.
La falta de gracia interior —vital y salvadora— incluso puede impulsar a una persona a mostrar mayor celo en los rituales religiosos para ocultar los pecados de su corazón. Está escrito: “Israel abandonó a su Creador y edificó templos”. Pensamos que si alguien construye templos, ama y reverencia a Dios; pero no siempre es así.
Algunos ministros ordenados intentan ocultar corazones no rendidos. La buena música puede brotar de corazones orgullosos. El humo del incienso puede convertirse en una nube que intenta ocultar a una persona del rostro de Dios. Incluso hombres ricos que hacen grandes contribuciones a causas religiosas pueden hacerlo por orgullo, para exhibir su generosidad o buscar el aplauso popular. En tales casos, la ofrenda termina siendo para el egoísmo y la vanidad.
Con tales sacrificios, Dios no se complace. ¡Qué fácil es profanar la adoración hasta convertirla en algo desagradable para Él! Los cantantes pueden alzar sus voces para ser admirados. Los ministros pueden predicar con elocuencia para recibir aplausos. Los creyentes pueden orar con aparente devoción para que otros vean su piedad.
¡Ay, esta plaga del “yo”! Puede infiltrarse en cualquier área del servicio y convertir la adoración a Dios en una ocasión de autoexaltación y autoglorificación.
🙏 Oración final
Padre, líbrame de una adoración superficial. Examina mi corazón y hazme un verdadero adorador que te honre en espíritu y en verdad. Que todo lo que haga sea para Tu gloria y no para la mía. Amén.