
“La gente estaba muy asombrada, y decía: ‘Todo lo hace bien’.”
Marcos 7:37
La verdad de estas palabras está llena de un consuelo profundo e inefable, y debería ser recordada diariamente por todos los verdaderos cristianos. Recuérdalas al repasar los días pasados de tu vida, desde el momento de tu conversión. Al sacarte de las tinieblas a Su luz admirable; al humillarte y enseñarte tu debilidad, culpa e insensatez; al despojarte de tus ídolos; al colocarte donde estás y darte lo que tienes… ¡Cuán grande es la misericordia de que no te haya dejado salirte con la tuya! En todo ello, el testimonio fiel permanece: “¡Todo lo hace bien!”
Recuérdalas también al mirar hacia los días venideros. No sabemos si serán brillantes u oscuros, muchos o pocos. Pero sí sabemos esto: estamos en las manos de Aquel que todo lo hace bien. Él no se equivoca en ninguno de Sus tratos con nosotros. Quita y da, hiere y sana, mueve y afirma, siempre con perfecta sabiduría, en el tiempo oportuno y de la manera correcta. El gran Pastor de las ovejas no yerra el camino. Él guía a cada cordero de Su rebaño por la senda correcta hasta la ciudad de Su morada. Verdaderamente, “¡Todo lo ha hecho bien!”
Nunca veremos la plena belleza de estas palabras hasta la mañana de la resurrección. Entonces miraremos atrás, a toda nuestra vida, y comprenderemos el significado de cada acontecimiento, desde el primero hasta el último. El por qué y el cómo, las causas y las razones de aquello que hoy nos desconcierta, serán entonces tan claros como el sol del mediodía. Nos asombraremos de nuestra antigua ceguera y nos sorprenderá haber dudado alguna vez del amor de nuestro SEÑOR.
En aquel día, con plena certeza y adoración, diremos desde lo más profundo del alma: “En verdad, el SEÑOR todo lo hace bien.”— J. C. Ryle
Oración final:
SEÑOR, enséñanos a confiar en Ti cuando no entendemos tus caminos. Afirma nuestro corazón con esta verdad: que en el pasado, en el presente y en el futuro, Tú lo haces todo bien. Amén.