
10 OCTUBRE
«Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.» Apocalipsis 2:4
Hubo un tiempo en que los afectos mundanos parecían mortificados en tu interior, muertos y sepultados. Entonces tu amor por Cristo era fuerte y activo; ¡ardía encendido en tu interior! ¡Y qué celo sentías entonces por la honra de tu Maestro! Pero ahora, ¡tus afectos por Cristo se han enfriado! Tus afectos mundanos, que parecían muertos, han cobrado vida, ¡Oh, cuánto anhelas ahora el mundo y las cosas del mundo! ¡El mundo ha destronado a Cristo de tu corazón!
¡Has perdido tu primer amor por Cristo! ¡Oh, el estrago que el pecado ha causado en tus gracias y en consuelos espirituales! ¡Tus deleites mundanos han expulsado y desterrado tus deleites espirituales! ¡Tu atención en las cosas terrenales han desplazado tu apetito espiritual! ¡Oh, el daño que te ha causado el pecado! ¡Oh, las heridas profundas y peligrosas que el pecado te ha hecho! ¡Oh, las impurezas del pecado en tu conciencia y las manchas que el pecado ha arrojado sobre tu fe!
¡Vuélvete al Señor tu Dios! ¡Por causa de tu pecado has caído. Vuélvete al SEÑOR, y dile: «Perdónanos mis maldades y recíbeme con benevolencia», Oseas 14:1-2. ¡Recuerda la altura de la que haz caído! ¡Arrepiéntete y haz las primeras obras! Apocalipsis 2:5. ¡Examina tu corazón para descubrir tus pecados! ¡Humíllate profundamente! ¡Arrepiéntete, lamenta y llora!
Súplica a Cristo: «¡Ven, amado SEÑOR Jesús, ven pronto! ¡Apresúrate a mi alma sedienta de Ti, como el ciervo ansía sediento por las refrescantes corrientes! ¡Oh, cuándo te volveré a ver y alimentarás y saciarás mi alma con tu amor! ¡Cuándo, SEÑOR, vendrás a mí! No me rechaces para siempre. SEÑOR, he pecado gravemente y te he ofendido mucho; ¡Reconozco mi ofensa, mi locura y mi horrible ingratitud! ¡Que no sean siempre mis pecados un muro de separación entre mi Amado y yo! Perdóname para que seas temido y más amado. Tú perdonas generosamente y sin reproches, prometiste ser hallado por quienes te buscan con diligencia.
Prometiste manifestarte a quienes te aman! Tú lo sabes todo, ¡sabes que te amo! Aunque mi amor es imperfecto, ¡es verdadero! Aunque es débil, ¡es sincero! ¡Apresúrate, Amado mío! ¡Oh, apresúrate a mí! ¡No me ocultes más tu rostro! ¡Oh, acércate ahora y hazme inmensamente feliz con la belleza de tu rostro y con tu abrazo amoroso!»
Deseos y súplicas como estos podrían persuadir al SEÑOR para que regrese y te diga: «Querido hijo, he escuchado tus oraciones, tus deseos y tus llantos. Tus súplicas han prevalecido ante Mí, y ahora he venido a ti. ¡Que se cumpla tu deseo! ¡Ven, hijo, y mira hacia arriba! ¡Aquí estoy! ¡Mírame, mírame! Te aseguro que soy tuyo, y tú eres mío, y serás mío para siempre».
— Thomas Vincent
Oración final: SEÑOR, reaviva en mí el fuego de mi primer amor. Límpiame de todo lo que te ha desplazado de mi corazón y restaura mi comunión contigo. Que mi alma vuelva a arder con pasión por tu presencia y mi vida refleje tu amor eterno. Amén.