
SEPTIEMBRE 23
Tú me dices: “Haz subir a este pueblo”. Pero no me has declarado a quién enviarás conmigo. Éxodo 33:12
Notemos que esta frase de Moises; «a quién enviarás conmigo», ¡contiene un suspiro, un anhelo por un compañero, por un amigo en cuya afinidad, simpatía y juicio pudiera confiar! Estar a solas y sentirse solo son dos cosas diferentes. Podemos estar a solas sin sentirnos solos, o estar rodeados de mucha gente, pero sentirnos solos, a ese estado de ánimo, llamado soledad, se refiere el texto. Emoción provocada por una sensación de aislamiento, de abandono total, que produce una profunda tristeza.
«Moisés era un hombre muy solitario, aunque estaba en medio de más de dos millones de personas a las que conducía, se sentía más solo que cuando cuidaba el rebaño de Jetro en la soledad del desierto. El contraste entre su elevado goce de la comunión Divina y el pueblo al que conducía por el desierto, siempre interesado en el placer sensual, debe haber producido más intensidad al aislamiento de su espíritu, que se elevaba como la cima más alta sobre las cordilleras inferiores del Sinaí.» -FB Meyer
La soledad de Moisés puede ser comparada con la de Elías en el arroyo de Querit o en el monte Carmelo; con la de David que experimentó una profunda soledad y desesperación, cuando su propio hijo se levantó contra él, y los hombres de Israel lo persiguieron, se vio obligado a huir de la ciudad, dejando casa y familia, su único recurso fue volverse a Dios y suplicar por Su misericordia y Su intervención, porque su única esperanza estaba en Él: «Mírame, y ten compasión de mí, pues me encuentro solo y afligido. Las angustias de mi corazón han aumentado… Mira mi aflicción y mis trabajos, perdona todos mis pecados. Mira mis enemigos, que son muchos…. Guarda mi alma y líbrame; No sea yo avergonzado, porque en Ti me refugio. Salmo 25:16-21
La soledad de apóstol Pablo, anciano y sin amigos, ante el tribunal de Nerón; pero ninguna soledad es comparable con la de Jesús que ha sido el hombre más solitario que jamás haya vivido. En la cruz bebió la copa de la soledad hasta lo más bajo, sintió que hasta su Padre lo había abandonado, cuando dijo: «Dios mío, Dios mío, ¿porque me has desamparado». Mateo 27:46
“La soledad es un desierto, pero al recibirla como un don, aceptándola como de la mano de Dios, ofreciendola a Él con acción de gracias, puede convertirse en un camino hacia la comunión con Él, la santidad, la gloria, y a Él mismo” -Elisabeth Elliot.
Sea cual sea la causa de la soledad cristiana, la respuesta a ella siempre es la misma: La relación de amor consoladora con Jesús ha afirmado y alentado a muchos por generaciones que sufrieron en prisiones e incluso llegaron a la muerte por amor a Él. Él es el amigo «más unido que un hermano» Proverbios 18:24, que da su vida por Sus amigos Juan 15:13-15, y ha prometido que nunca nos va a dejar ni abandonar, sino que estará con nosotros hasta el fin. Mateo 28:20. ¡Amén!
Oración: SEÑOR Jesús, en mis momentos de soledad y debilidad, recuérdame que Tú eres mi compañía constante. Ayúdame a ver este tiempo como una oportunidad para buscar más de Ti, y lléname de la paz y el gozo que solo Tú puedes dar. Amén.