La Palabra que penetra y transforma

AGOSTO 10

«Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. — Hebreos 4:12


No hay otro libro como la Biblia. No es letra muerta ni una reliquia del pasado, sino la voz viva del Dios eterno. Habla con autoridad divina, respira con poder y actúa con precisión. No solo informa nuestra mente, sino que transforma nuestro corazón.

El autor de Hebreos la describe como “viva y eficaz”, no estática ni débil. La misma voz que creó las galaxias sigue obrando hoy, convenciendo, corrigiendo y renovando. A diferencia de la hoja desafilada del razonamiento humano, la Palabra es «más cortante que cualquier espada de dos filos»: su filo no se desgasta con el tiempo, la cultura o la resistencia humana. Corta con habilidad divina, llegando a lo más profundo de nuestro ser. 

Ninguna otra voz puede penetrar tan profundamente, discerniendo lo que ningún ojo puede ver y lo que ningún hombre puede juzgar: «los pensamientos y las intenciones del corazón». La Palabra de Dios llega a lo más profundo de nuestro ser, separando lo carnal de lo espiritual, revelando pensamientos ocultos y actitudes que nadie más podría discernir. Esta herida de la Palabra no destruye, sino que sana; convence para limpiar, no condena sin propósito, sino que conduce al arrepentimiento y a la restauración.La Palabra de Dios divide el alma y el espíritu, términos que hablan de las profundidades ocultas y complejas del hombre. Expone lo que es natural y carnal, separándolo de lo que es espiritual y santo. Descubre nuestras hipocresías, destruye nuestro orgullo y despoja todo autoengaño. Esta herida de la Palabra no es para destruir, es para sanar. Convence para limpiar. Hiere para poder restaurar. Reprende para traer arrepentimiento.

Podemos escondernos de los hombres, pero no de la Palabra. Cuando el Espíritu Santo la aplica, quedamos al descubierto ante Aquel a quien debemos rendir cuentas. Por eso, nunca debemos manejarla con ligereza ni recibirla con corazones endurecidos. En cambio, debemos acercarnos a ella con humildad y reverencia, orando para que Dios la use para examinarnos, purificarnos y santificarnos.

Quien quiera oír a Dios, debe leer las Sagradas Escrituras. La Palabra es el mayor tesoro de la fe cristiana, superior a visiones, sueños y mensajes de ángeles. En ella tenemos todo lo necesario para vivir hoy y para la eternidad.

«Estoy contento con este don de las Escrituras, que enseña y provee todo lo necesario, tanto para esta vida como para la venidera.» — Martín Lutero


Oración:
SEÑOR, gracias por tu Palabra viva y eficaz. Ábreme los oídos para oír tu voz y el corazón para recibir tu verdad. Corta lo que debe morir en mí y restaura lo que debe vivir. Haz que la ame, la medite y la obedezca cada día. Amén.

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