MAYO 17

 «Hagan todo lo que Él les diga». Juan 2:5

Estas son palabras de María, la madre de Jesús, a los servidores en las bodas de Caná. El SEÑOR Jesús es nuestro Legislador, el único y verdadero Legislador de la Iglesia, la única Cabeza espiritual con autoridad y poder. Es a Él a quien debemos acudir para recibir nuestras órdenes. Debemos obedecer su Palabra sin reservas, encontrando en su servicio la perfecta libertad y en la obediencia a sus mandatos una gran recompensa.

«Hagan todo lo que Él les diga». Qué dulce eco de las palabras del mismo Jesús:»Si me aman, guarden mis mandamientos» Juan 14:15. Estas palabras están cargadas de significado y poder. Oh, alma mía, siéntate a sus pies y aprende lo que Él quiere que hagas, y luego hazlo sin vacilar y con todo tu corazón.¡Me ordenas, Padre mío, que tome de tus manos la copa del dolor y la beba con humildad! ¡Hágase tu voluntad, no la mía! ¡Me pides que sacrifique a mi Isaac, que entregue a mi Benjamín, que arranque a mi ídolo más preciado de su santuario! SEÑOR, dame gracia y obedeceré. Haré lo que me digas.

SEÑOR, quisiera escuchar atentamente, con fe, para saber lo que me dices. Habla, SEÑOR, que tu siervo escucha. Me pides creer. SEÑOR, permíteme dar pleno crédito a todas tus amables invitaciones, preciosas promesas y buenas palabras dirigidas a tus seres queridos, agobiados por el pecado, afligidos por la culpa y cansados por el trabajo. Me pides con fe sencilla que te mire, te acepte y descanse en ti. SEÑOR, creo, ayuda mi incredulidad. Mi corazón busca sinceramente reposo de la culpa, el temor y la fatiga solo en ti. Me mandas tomar mi cruz y seguirte por tu camino sobrenatural y abnegado. SEÑOR te seguiré solo a ti. «En medio de las aguas y las llamas, si tú me guías, te seguiré a donde vayas.»

¡Me ordenas que mortifique mi fuerte corrupción, que clave en tu cruz mi pecado del corazón, que me separe de Dalila en cuyo regazo traicionero he dormido, y por cuyas manos han sido cortados los cabellos de mi fuerza! Jue. 16:19 SEÑOR, perfecciona tu fuerza en mi debilidad, y  como Sansón, por la fe en tu gracia todopoderosa, destruiré a los filisteos de mi alma, y seré tu siervo para siempre. Cuéntame entre los bienaventurados, de quienes se dice: «Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va».Apoc.14:4  

Oh SEÑOR, para quien la obediencia es mejor que el sacrificio, que mi obediencia a tu palabra sea sincera y honesta, plena y sin reservas, sin que me falte nada, para que pueda estar completo en toda la voluntad de Dios. Que el amor a Jesús sea lo que incite a mi obediencia, como evidencia auténtica de mi amor: «Si te amo, guardaré tus mandamientos» Jn.14:15. ¡Oh, con qué suavidad y rapidez girarán las ruedas de la obediencia cuando las impulsa el amor divino a un precioso y amoroso Salvador! ¡Qué ligera será la carga de Jesús, qué fácil su yugo, qué grata su cruz, qué dulce negarme por Él, de lo que era tan dulce para mí, cuando el principio que todo lo incita es el amor a Aquel que me amó hasta la muerte!

Mantén la vista fija en la recompensa de la obediencia a Cristo. «Si ustedes quieren y obedecen, comerán lo mejor de la tierra» Isa.1:19. Comeremos ahora el dulce fruto de la paz, el gozo y la esperanza; y comeremos el fruto dorado de la plenitud del gozo y de los placeres que están a la diestra de Dios en un mundo más santo y bajo un cielo más radiante eternamente. – Octavius Winslow

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