
Jesús dijo: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Juan 11:4
La enfermedad ocupa un lugar destacado en el catálogo de las bendiciones del pacto del creyente. Cuando se reconoce como proveniente directamente de la mano de Dios, nos coloca a los pies de Jesús, y nos acerca a su seno, ¡oh, qué flor más hermosa, que fruto más dulce de santidad florece y crece en la vara de la corrección! No piensen que un corazón frío e insensible dicta este sentimiento. Quien está familiarizado con esta experiencia no puede hablar con ligereza e insensibilidad de esta dolorosa disciplina de Dios, pero Él mismo que la permite, conoce tu sufrimiento y cansancio, tu abatimiento y depresión, tus temores y esperanzas.
Considera la habitación del enfermo como uno de los lugares más sagrados de este lado de la eternidad. De repente se posa sobre el creyente sin avisar. Pero, Dios está allí, Jesús está allí, el Espíritu Santo está allí, los ángeles que lo acompañan están allí; se les permite revolotear allí, abanicando como con alas silenciosas e invisibles la frente febril del creyente, a quien se les permite ministrar, y cuya alma redimida esperan escoltar hasta la puerta de la gloria.
«Esta enfermedad no es para muerte». ¡Oh, hay vida en ella, tú, enfermo, tú, hijo de Jesús! Este será un tiempo de vivificación espiritual para tu alma. Conocerás más de Dios, verás más de Jesús, leerás tu título de la mansión celestial con mayor claridad y con una fe más firme que nunca. Esta enfermedad, ¡No, no es para muerte! El SEÑOR puede, mediante esta enfermedad, estar preparándote para un mayor servicio y utilidad en Su Iglesia y en el mundo que nunca.
Por tanto puedes exclamar como el salmista: «No moriré, sino que viviré, y contaré las obras del SEÑOR». Sal.118:17. ¡Tranquilo enfermo, amado por Jesús! ¡Quién sabe para qué gran obra en la viña de tu SEÑOR te prepara esta enfermedad, este sufrimiento y esta depresión! Pero, aún si termina fatalmente y aunque sea el carro enviado del cielo para llevarte a casa del Padre, aun así no será para muerte, sino para vida eterna: «¡Para estar con el SEÑOR por toda la eternidad!». «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
«Cuando la debilidad y la enfermedad invaden este frágil cuerpo, esta vasija de barro: «Es dulce mirar hacia dentro y escuchar los susurros de su amor; es dulce mirar hacia arriba, al lugar donde Jesús intercede. Es dulce reflexionar cómo la gracia divina puso mis pecados sobre Jesús; es dulce recordar que su sangre pagó mi deuda de sufrimiento. Dulce es la confianza de la fe, dulce es confiar en sus promesas; dulce es permanecer pasivo en sus manos, y no conocer otra voluntad que la suya.» -Octavius Winslow