
«Todo lo que pidan en mi nombre, lo haré». Juan 14:13
¡Bendito Jesús! Eres Tú quien ha abierto a tu pueblo las puertas de la oración. Sin Ti, habrían estado cerradas para siempre. Fue tu mérito expiatorio en la tierra lo que las abrió; es tu obra intercesora en el Cielo la que las mantiene abiertas. ¡Cuán ilimitada es la promesa: «Todo lo que pidas!». Es la garantía de todo lo que el pecador necesitado requiere, ¡todo lo que un Salvador Omnipotente puede conceder! Como el gran administrador de los misterios de la gracia, parece decir a sus fieles siervos: «Toma tu petición, y bajo esta, mi inscripción, escribe lo que quieras. Y luego, cuando el espacio en blanco está lleno, respalda cada petición con las palabras: «¡Lo haré!».
¿Conoces la bendición de confiar en cada necesidad, preocupación, dolor y cada cruz al oído del Salvador? Él es el «Admirable Consejero». Con una compasión exquisitamente tierna, Él puede penetrar en lo más profundo de tu necesidad. Esa necesidad puede ser grande, pero los brazos eternos están debajo de ella. Piensa en Él ahora, en este momento: el gran Ángel del Pacto, con el incensario lleno de abundante incienso, en el que se depositan tus más débiles aspiraciones, tus suspiros más agobiantes; la nube perfumada que asciende con aceptación ante el trono del Padre.
La respuesta puede tardar; las súplicas tuyas pueden parecer retenidas durante mucho tiempo. Un Dios misericordioso a veces considera oportuno probar así la fe y la paciencia de su pueblo. Se deleita en escuchar la música de sus insistentes súplicas, en verlos imperturbables ante las dificultades, ante el aparente olvido y la negligencia. Pero Él vendrá al fin; la fuente acumulada de amor y misericordia finalmente brotará; las palabras tranquilizadores se oirán a su debido tiempo: «¡Conforme a tu fe sea hecho!» Mat.9:29
¡Soldado de Cristo! no olvides el arma, de la «oración». Es la que mantiene brillante y resplandeciente «toda la armadura de Dios». Mientras aún estés en la noche de un mundo oscuro, mientras aún acampes en territorio enemigo, enciende el fuego en el altar del incienso. Debes ser como Moisés, suplicando en el Monte; si quieres ser victorioso en la batalla diaria del mundo. Confía tu causa a este Redentor que espera. No puedes cansarlo con tu insistencia. Él se deleita en escuchar. Se glorifica en dar…. Él sigue siendo el «Príncipe que tiene poder con Dios y prevalece»; ¡él sigue viviendo y amando! -J.Macduff
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