
«Meditaré en tus preceptos y pondré mi atención en tus caminos». Salmo 119:15
La Palabra de Dios es una fuente de agua viva, una profunda mina de preciosos tesoros, un banquete con todo tipo de comidas, un jardín con una gran variedad de frutos agradables. Contiene todos los privilegios del creyente. Tiene sus preceptos para que los cristianos se reformen y preciosas promesas para que se consuelen. Si un creyente está afligido, puede mantener su cabeza por encima del agua y evitar que se hunda cuando las olas pasan por encima de su alma. Hay en ella bastantes tónicos como para revivir al espíritu más desfallecido.
Si el creyente se ve atacado, la Palabra es su armadura. Si el alma está sucia por el pecado la Palabra es un agua que puede limpiar todas las manchas. La Palabra puede salvar un alma que está condenada. Esta palabra se deposita como un tesoro especial en las manos de los hijos de los hombres, para que puedan obedecer la voluntad de Dios y conocer al Justo. Es nuestro deber escudriñarla y estudiarla. Es una gran misericordia que este árbol del conocimiento de la Palabra de Dios no esté prohibido, sino que su fruto sea algo que se nos ordena. Es un árbol que crece en el mismo camino del Árbol de la vida, Cristo.
Descuidar la Palabra es una herida mortal. Hacerlo es parecerse a un paciente frenético que arroja la única medicina que puede curarle. La Escritura es la palabra de Cristo y Dios ordena nuestro compromiso a escucharle. Esta palabra es como un cofre en el que se encuentra el Salvador, la perla de infinito precio, por eso se nos ordena en Juan 5:39 que la escudriñemos. Debemos hacerlo con la misma ansiedad que una persona codiciosa busca la plata y el oro. Si somos hijos de Dios, sin duda nos deleitaremos en buscar la voluntad de nuestro Padre celestial y sopesar cada palabra que encontremos en ella, sabiendo que es un gran legado que se nos ha concedido.
La Palabra es nuestra compañera y consejera diaria. No podemos pasar sin ella con lo inclinados que somos a desfallecer. No podemos estar sin esta arma, ya que somos llamados a la lucha cada hora. -George Swinnock.