
Alégrense de ser partícipes de los sufrimientos de Cristo, para que también se alegren grandemente cuando la gloria de Cristo se revele.1 Pedro 4:13
Nuestros sufrimientos nos dan una muestra parcial de los sufrimientos de Cristo Jesús. Cuando somos prósperos, pasamos la cruz por alto. La historia de la pasión de Cristo conmueve nuestros corazones por Él, pero pronto lo olvidamos. Sin embargo, cuando Dios hiere nuestra carne con alguna amarga aflicción, cuando llena nuestros huesos de dolor y nos hace arder con fiebre, cuando nuestros pies son heridos en el cepo, y el hierro entra en nuestras almas, miramos a Aquel a quien traspasaron y decimos: «Si algunas partes de la cruz son así de pesadas, ¡Cómo sería la cruz misma! ¡Si mis dolores corporales son tan amargos, ¡qué serían las agonías que el SEÑOR sostuvo en su alma!
¿Te atraviesa el corazón el ser abandonado por los amigos? ¡Qué fue entonces para Jesús el ser abandonado por su Padre! ¿Es terrible una cadena pesada, una prisión aborrecible o una sentencia de muerte? ¡Oh qué fue para el SEÑOR el ser burlado, abusado, escupido, abofeteado, vilipendiado, arrojado en prisión, acusado, condenado y ejecutado de la forma más vil y vergonzosa! No había hecho violencia, ni había engaño en su boca, pero tuvo que soportar toda esa contradicción de pecadores, el odio y la ira del diablo al punto que de clamar: «¡Dios mío, Dios mío, porqué me has desamparado!»
Al compartir parte de su cruz, que Él nos ha dejado como legado, podemos en alguna medida entender los sufrimientos de Cristo, o, al menos, comparando nuestros sufrimientos con los suyos en inmensa desproporción, ser capaces de intuir lo que no podemos entender.- Thomas Case Nuestra tendencia es aferrarnos a la alegría y prosperidad, y evadir el compartir alguno de los sufrimientos de Cristo, olvidamos que estos no son más que un preludio necesario de la gloria y alegría.