
«No se turbe tu corazón ni tengas miedo» Juan 14:27
Nos hacemos daño a nosotros mismos cuando damos espacio a un dolor y tristeza exagerados y sin moderación. El alma se ve, por así decirlo, descolocada. Tomar acción se vuelve difícil para nosotros, y es como si las ruedas del alma fueran quitadas. El gozo y el consuelo son como aceite para el alma, y por eso Nehemías dijo: «el gozo del SEÑOR es vuestra fortaleza» Neh. 8:10.
Por tanto, cuando damos lugar al temor, el dolor y emociones semejantes, esto debilita el alma en su acción. Estas emociones son como una nube entre el amor de Dios y nosotros, y el alma se ve privada de mucho consuelo y expansión. El gozo expande el alma, pero la tristeza la constriñe. El consuelo eleva el alma, pero la tristeza y el dolor la derriban. Un cristiano debería poseer un espíritu ensanchado y recto. Cuando el espíritu es puesto en estrecho, cuando se ve aplastado y decaído, el cristiano no está en la disposición mental correcta.
Si pensamos en Dios mismo, hemos de cuidar de que el alma no se vea así de angustiada, porque demasiada tristeza y dolor son en gran medida una deshonra a Dios, ya que proceden de una percepción errónea de su bondad y providencia. Demasiado temor y tristeza siempre van unidos a la murmuración y el descontento, y a un espíritu que no se somete a Dios y a Su Espíritu. Además de su cuidado y providencia, también contristamos su gracia y sus promesas.
En el abatimiento y el descontento hay mucho orgullo. El espíritu más descontento del mundo es el diablo, y no hay ninguno más orgulloso que él. Si, siendo cristianos, ponemos en una balanza nuestros motivos para estar bien, que es lo que deberíamos hacer, estos serían incomparablemente más que las cosas que nos desalientan. Por tanto, es una ofensa a Dios y a su verdad, así como a su buen gobierno, el ceder a una disposición desanimada y malhumorada.- Richard Sibbes