
«No ofreceré al SEÑOR mi Dios holocaustos que no me cuesten nada» 2 Samuel 24:24.
El amor de Dios por nosotros le costó algo. No escatimó ni a su propio Hijo, y ese Hijo no escatimó su sangre. Pero ¡cuán poco nos cuesta nuestro amor por Él! Entendamos que donde hay un amor verdadero y fuerte hacia Jesús, nos costará algo. El amor es la más costosa de todas las empresas. Nos costará la abnegación. Cristo y nuestro «ego» son perfectamente incompatibles; para tener uno debemos estar dispuestos a entregar el otro. El corazón sutilmente planea retener a ambos; pero no engaña a Cristo. Él sabe en un momento cuándo hemos preferido estimarnos a nosotros mismos y sacrificarlo a Él, u obedecerlo y sacrificarnos a nosotros mismos.
Al principio puede resultarnos un esfuerzo considerar todas las cosas como pérdida para Él; Pero a medida que lo hacemos y bebemos el aire fresco que respiramos en las montañas de la abnegación -sobre todo, cuando vemos la sonrisa de placer en su rostro- nuestros corazones saltan de alegría y nos encanta darle todo, sin pensar en el costo, como tampoco lo hizo María cuando rompió el frasco de alabastro con ungüento muy precioso. Después de todo, es justo que ofrezcamos nuestros cuerpos «en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios».
Nos costará perder amigos. Aquellos que nos conocieron nos esquivaran. Nos costará dinero difícilmente ganado; porque nos daremos cuenta de que no tenemos propiedad en nada de lo que poseemos. Nos costará alta reputación entre nuestros semejantes. Pero ¿qué nos importará si ganamos a Cristo? Como dijo Pablo: «A nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi SEÑOR. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a Él» Fil. 3: 8. Respondamos de corazón: «SEÑOR, Tú lo sabes todo; sabes que te amo». FB Meyer
¡Cuánto debemos estar agradecidos con el SEÑOR, Salvador nuestro, por sus grandes y múltiples dones para con nosotros, con todas las bendiciones indescriptibles que nos llegan con y a través de Él! ¡Oh, los que nos llamamos cristianos, tengamos cuidado de no ser considerados los adoradores más mezquinos! Que las almas que han sido bendecidas como cristianas, digan como David: «No voy a ofrecer al SEÑOR mi Dios holocaustos que no me cuesten nada». Sea tu pregunta y la respuesta: «¿Qué puedo ofrecerle al SEÑOR por todo lo que ha hecho a mi favor? «Levantaré una copa como símbolo de su salvación y alabaré su nombre por haberme salvado». Salmo 116:12-13. -Nicoll
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