Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro SEÑOR. 1 Corintios 1:9
La unión con Dios es la base de la comunión con Él. ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo? ¡Unámonos entonces al SEÑOR y convirtámonos en un solo espíritu! La comunión no reside en una profesión ardiente, ni en el cumplimiento de los deberes cristianos como leer, escuchar, orar, alabar, aunque gocemos de esas cosas. Tampoco se encuentra en tener una mayor capacidad o los talentos más brillantes, ni en usar expresiones grandiosas en la oración o tener más conocimiento.
La comunión es simplemente habitar en y con Dios, a la vez que Dios habita en y con el alma. Es el amor de Dios fluyendo hacia el alma, y el alma, enamorada, fluyendo hacia Dios. El Señor habita en el deber cristiano suministrando gracia. Habita en la meditación como objeto de ella, y también en el corazón como porción y bien supremo. El alma habita en Dios como su propósito final, se expande en su plenitud, se deleita en su dicha. El alma que es bendecida con tal comunión y favorecida con tal compañía, no conoce otro objeto para su amor ni ningún otro tema para sus pensamientos. No hay grado más alto de felicidad que la comunión consumada, ni otra persona que se pueda amar con el mismo afecto. Tampoco existe ningún otro fin para su existencia.
En la comunión con Dios, el alma comparte de su plenitud, recibe comunicaciones de su gloria, bebe de sus deleites, se sacia con su amor, participa de sus perfecciones, entra en su gozo y comparte de la naturaleza divina. ¡Oh, vida de ángeles! ¡Oh, paraíso de amor! ¡Oh, éxtasis de dicha! El alma siempre está con Dios: en oración, en alabanza, en meditación, en adoración. No tiene queja que no le diga a Dios. No tiene tristeza que no le cuente ni pecado que no lamente ante Él. No existe deseo que no le revele. ¡Qué hermosa es la intimidad santa entre el alma y Dios! ¡Qué libertad de conversación cuando nos esforzamos con Dios en oración, disputando por la bendición! ¡No te dejaré ir hasta que me bendigas! Es la vida del cielo en la tierra, Dios descendiendo al ser humano y el ser humano elevándose hacia Dios.
La mente carnal es enemistad contra Dios y la comunión con Él. Debe ser crucificada o será maldecida junto con el mundo. La comunión no es una devoción solo de un día, un arrebato en tiempo de alabanza o oración para luego regresar ansiosamente al mundo. Debe ser constante y continua. Debemos esforzarnos por mantener nuestra alma siempre en un estado celestial, incluso en los asuntos terrenales porque así hacen los ángeles: incluso cuando traen sus mensajes a nuestro mundo, llevan el cielo con ellos.
Debemos ocuparnos de los asuntos necesarios de esta vida, pero llevando a Dios con nosotros a nuestro cuarto, a la calle y a la mesa. Trabajemos, caminemos, durmamos y despertemos en su presencia, hablemos con Él en la cama, cuando todo alrededor guarda silencio; y cuando nos dejemos llevar por vanas divagaciones, que nuestra alma vuelva siempre a Dios, como su centro y lugar de descanso.
SEÑOR, comienza esta vida de comunión en mi alma, a la que soy demasiado extraño. ¡Destruye todo lo que podría destruirla! Y así como anhelo vivir contigo en el futuro, que yo me esfuerce por vivir contigo aquí, mejorando para la eternidad y preparándome para el mundo venidero. -James Meikle.