AGOSTO 26


"Esta enfermedad no es para muerte". Juan 11:4

La enfermedad está en todas las clases sociales. La gracia de Dios no coloca al creyente fuera de su alcance. Las riquezas no pueden comprar la exención de la enfermedad. La duración promedio de vida puede sin duda alargarse un poco. La habilidad de los doctores puede descubrir continuamente nuevos remedios, y lograr curaciones sorprendentes. Pero, después de todo, los hombres se enferman y mueren: "Los días de nuestra edad son (70) años; y si en los más robustos son (80) años, con todo, pero el orgullo de vivir tanto sólo trae molestias y trabajo. ¡Los años pronto pasan, lo mismo que nosotros!" Sal. 90: 10. Esto es una gran verdad cuando fue escrita y todavía lo es.

De las palabras de nuestro SEÑOR aprendemos que hay un límite para la enfermedad. Aquí tenemos un «para» dentro del cual se inscribe el último término de la misma y más allá la enfermedad no puede llegar. En toda enfermedad, el SEÑOR dice a las olas de dolor: "Hasta aquí llegarás, y de aquí no pasarás" Job 38:11. Su propósito permanente no es la destrucción sino la instrucción de los suyos.

1. El límite es alentador y amplio. El Dios de la providencia ha limitado el tiempo, el modo, la intensidad, la repetición y los efectos de todas nuestras enfermedades. Todo latido ha sido decretado por Él; toda hora de insomnio, predestinada; toda recaída, ordenada; toda depresión de ánimo, prevista; y todo resultado santificador, designado desde la eternidad. Nada grande o pequeño escapa a la mano organizadora de Aquel que tiene contados hasta los cabellos de nuestras cabezas. Lucas 12:7

2. Este límite está sabiamente ajustado a nuestras fuerzas, al fin designado y a la gracia distribuida. La aflicción no viene por accidente; la intensidad de cada golpe de la vara está cuidadosamente medida. El que no cometió errores al diferenciar las nubes y medir los cielos, tampoco se equivocará midiendo los ingredientes que componen la medicina de las almas. No podemos sufrir más de la medida ni recibir demasiado tarde el alivio.

3. El límite está cariñosamente fijado. El bisturí del Médico celestial nunca corta más profundamente de lo que es absolutamente necesario: "No aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres" Lam. 3:33. El corazón de una madre clama: «Conserven a mi hijo». No obstante, ninguna madre es más compasiva que nuestro bondadoso Dios. Cuando consideramos lo duros de corazón que somos, nos admira que no se nos guíe con un freno más áspero. Este pensamiento está cargado de consuelo: el que ha fijado los límites de nuestra habitación, ha establecido también los linderos de nuestra tribulación.

No tenemos ningún derecho de murmurar de la enfermedad, ni quejarnos de su presencia en el mundo. Es un testigo de Dios. Es consejera del alma. Ciertamente tengo el derecho de decirles que la enfermedad es una bendición y no una maldición. Conozco el sufrimiento y el dolor que la enfermedad conlleva. Pero, también ayuda al creyente verdadero a recordar la muerte. Hace que los hombres piensen seriamente en Dios, en sus almas y en el mundo venidero. Suaviza los corazones, y les enseña sabiduría. Nos hace inclinar y humillarnos. Y prueba la clase de fe que tenemos. En muchos, la enfermedad es el "día de la visitación" de Dios, pues ha conducido en la maravillosa providencia de Dios, a la salvación de sus almas. Mientras tengamos un mundo en el que hay pecado, es una misericordia que sea un mundo en el que haya enfermedad.

A todos los creyentes si desean tener "gran paz" en sus tiempos de enfermedad, les animo a mantener un hábito de cercana comunión con Cristo: Aferrémonos fuertemente a Él, amémosle de todo corazón, vivamos más enteramente para Él, confesémosle con denuedo, sigámosle más plenamente. Una Fe firme como esta siempre traerá su propia recompensa en el mundo presente, nos dará gran paz, y en el mundo venidero, nos dará una corona de gloria que no perderá su brillo. Apoyemos todo nuestro peso en Cristo, y regocijémonos con el pensamiento que Él vive para siempre. Vive el que cambiará un día nuestro vil cuerpo, y lo hará semejante a Su cuerpo glorioso. En enfermedad y en salud, en vida y en muerte, apoyémonos confiadamente en Él. Ciertamente debemos repetir: "¡Bendito sea Dios por Jesucristo!" -Charles Spurgeon