La voz de Jesús, haciéndose eco sobre los montes, pasando por los valles de nuestra lejanía de Dios cuando no habíamos sido regenerados, nos buscó, nos encontró y nos llevó a casa. Fue una voz de dulzura inexpresable, llena de una gracia irresistible. Pero escuchar la misma voz después de nuestros muchos devaneos, después de nuestras repetidas caídas y nuestras tristes vueltas al pecado, escuchar esa voz que todavía nos busca, nos invita, nos implora regresar, aunque "seamos infieles, Él permanece fiel" 2 Tim.2.13, hay tanta melodía en esa voz, que los músicos celestiales deberían inclinar su oído para apreciarla.
Alma mía, tú te apartas. Das forma a buenos propósitos, pero se ven frustrados. Decides corregirte, pero luego rompes tu decisión. Planeas ser útil, pero se echa a perder. Ofreces oraciones pidiendo gracia, pero luego las olvidas. Envías al cielo deseos y aspiraciones para buscar a Dios, pero se disuelven en el aire por un corazón engañoso e impío. ¡Cuántas y cuán graves han sido tus caídas de Dios! Han sido caídas en el corazón, caídas en obra, caídas secretas y caídas públicas. Has dejado tu primer amor Apoc.2:4, te has descarriado de la cruz, has vuelto a caminar sin Jesús.
Pero, por un amoroso movimiento de su gracia, o por algún solemne suceso de su providencia, te ha levantado, y arrebatado el SEÑOR, ha puesto un vallado alrededor de tu camino, para que no encuentres a tus amantes Os. 2:6, para llevarte a reflexionar, para hacer penitencia, para llevarte a la oración. Entonces escucha, alma mía, las palabras de gracia de tu primer esposo: “Mas vuélvete a mí, dice el SEÑOR”.
La restauración espiritual implica una reconversión espiritual. En este sentido debemos interpretar las palabras del SEÑOR a Pedro, su apóstol caído: “pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”, Luc.22:32, es decir, cuando seas restaurado, cuando vuelvas, emplea tu gracia restaurada, la experiencia y las lecciones que has aprendido de tu caída y recuperación para fortalecer a tus hermanos débiles. Para advertirles y exhortarles, para restaurarles y consolar a los que han sido tentados y han caído de la misma manera.
Hay algo muy expresivo, y tierno en la palabra “vuélvete”. Es como “ven de nuevo”. Suena como "el perdón de setenta veces siete". SEÑOR, me he alejado de ti incontables veces, pero “vuélvete a mí” dice el SEÑOR. SEÑOR he pecado y me he arrepentido tantas veces, pero “vuélvete a mí” dice el SEÑOR. Vuelvo confesando los mismos pecados, lamentando las mismas caídas, reconociendo el mismo orgullo por mi voluntad y mi vil ingratitud, pero “vuélvete a mí” dice el SEÑOR. Así que SEÑOR, vengo con llanto y lamento, con confesión, ya que tu ternura, gracia, inmutable amor y tu mano extendida me lo ordenan.
“Vuélvete a mí”. Alma mía, no descanses hasta que descanses en Jesús. No dejes que nada se interponga entre tu corazón que vuelve y tu Padre, que se acerca a ti, te ama y te perdona. No existe un verdadero regreso para un creyente caído que aquel que le lleva más allá de su arrepentimiento, más allá de sus lágrimas, más allá de sus confesiones, más allá de sus correcciones, más allá del ministro de Dios, y lo trae de vuelta de inmediato a la cercanía de Cristo. No hay sanidad para el daño, no hay vendaje para la herida, no hay limpieza, ni paz, ni consuelo, ni gozo sino conforme el alma acude a la Sangre y se apoya una vez más en el mismo corazón de Jesús. “Vuélvete a mí”. -Octavius Winslow