"Antes que los montes fueran engendrados, Y nacieran la tierra y el mundo, Desde la eternidad y hasta la eternidad, Tú eres Dios". Salmos 90:2
Dios no solo estaba antes de las montañas, la tierra y el mundo, sino que es su Creador. El es El Eterno, porque las cosas que vinieron a ser después de Él no pudieron originarse por sí mismas. Así de la eternidad de Dios, se deduce que Él es el único Dios: "Yo soy el Primero, y yo soy el Último, y fuera de mí no hay Dios". Isaías 44:6 Se nos recuerda el poder por el cual formó la tierra y el mundo; se nos recuerda la eternidad en la que Él habitó antes de que hubiera una criatura para conocerlo y adorarlo; ¿y con qué fin? para que un mundo de pecadores desamparados sean animados a entregarse a su cuidado y a confiar en su amor. Él es "nuestro refugio", nuestra morada, nuestro hogar.
Ese es el Dios que tenemos —afirma el salmista—, el Dios que adoramos, el Dios a quien oramos; a cuyo mandato surgieron todas las cosas creadas; que llamó lo que existe de lo que no existía. Y si un Dios semejante nos favorece, ¿qué motivos tenemos para sentir temor? ¿Por qué hemos de temblar ante la ira del mundo entero? Si Él es nuestra morada, ¿no estaremos seguros, aunque los cielos crujan y sean destruidos? Nuestro Señor es superior al mundo entero, tan grande y poderoso que una sola Palabra suya hace que las cosas aparezcan y sean. Y a pesar de ello, reaccionamos de manera tan pusilánime que, si nos vemos en la circunstancia de tener que afrontar la ira de un solo príncipe o de un rey, es más, aún la de un simple vecino, temblamos y se nos encoge el ánimo.¡Cuando comparado con nuestro Rey, todo lo que hay en el mundo es como una insignificante partícula de polvo de las que la brisa lleva de un lado a otro sin darle un instante de reposo! La descripción de Dios que encontramos en el salmo noventa es muy consoladora en este sentido, y todos los espíritus pusilánimes y de ánimo temblorosos deberían buscar en ella consolación frente a tentaciones y peligros. —M. Lutero
"Desde la eternidad y hasta la eternidad, Tú eres Dios". ¡Cuán incomprensiblemente grande es Dios! Cuando la imaginación ha hecho todo lo posible para imaginar Su eternidad, ha fracasado en el intento. Nada dentro del alcance de las palabras puede definir con más fuerza la vasta e inconmensurable distancia entre la eternidad de Jehová y la vida vaporosa del hombre, que lo que expresan estos pocos versículos. La existencia eterna e inmutable del SEÑOR, cuán finamente marcada, desde la eternidad hasta la eternidad; para quien mil años son como un día, y un día como mil años, 2 Ped. 3:8. Y no pasemos por alto la bendita verdad contenida en este punto de vista, al mismo tiempo, respetando la eternidad de nuestra Salvación que se funda sólo en Jesús.
Aquí está el Eterno Dios Omnipotente en antítesis con la debilidad y mortalidad del hombre. Polvo somos y al polvo debemos volver. Gén 3:19 El poder eterno de Dios nos convence de nuestra impotencia. Note el fuerte contraste. "Desde la eternidad hasta la eternidad, oh Dios," Tu vida se sustenta por sí misma, en Tu propio poder: la vida del hombre, ese don en el que tanto se regocija y en el que presume hacer, lo que florece en su orgullo y gran esfuerzo, en sus ambiciones, planes y grandes empresas, lo convierte en el polvo más fino con una palabra; y, con otra palabra llama a otros para que ocupen su lugar. El que se sienta en el trono y crea todas las cosas nuevas, él mismo es eterna e inmutablemente el mismo en persona, y en la eficacia de Su redención, el mismo ayer, hoy y siempre. Hebreos 13:8